martes, 2 de agosto de 2011

31 de Julio de 2011

Me despierto no con pocos nervios en Zaragoza, dispuesto a comerme América. O al menos alguna hamburguesa. En su lugar, mi madre decide tener a bien prepararme un sanjacobo con algo de tomate fresco con aceite y sal. Está cojonudo. Pienso que podría ser el último alimento civilizado que ingiera en muchas semanas, así que decido tomarme mi tiempo y saborear cada bocado. 

A las 11 de la mañana sale el bus rumbo a Madrid, yo sentado al lado de un hombre de tostada tez y barba, con túnica y gorro negro. Pudiera haber sido un Jedi, pero no, era un ¿rabino? musulmán, disfrutando de unos pasajes de su libro sagrado. Decido leer a ratos, descansar otros... y antes de que me entere ya estamos en Madrid. El bus tenía como destino la Avenida América, y para mi sorpresa se detiene en la terminal T4 de Barajas. Cojonudo. Cojo la lanzadera tras preguntar a unas amables trabajadoras, y por 0€ me planto en la T1, donde busco en los carteles el punto donde debo facturar. Air Europe, 216-228. Me dirijo con presteza a dicho lugar, y me informan de que debo mostrarles el documento ESTA, el pasaporte, y la tarjeta de embarque. Me preguntan sobre lo que llevo encima, y me recomiendan que saque el portátil de la maleta y lo lleve de mano, para evitar posibles deterioros o pérdidas. 

Temo pasarme de kilos, sólo se me permiten 10 en el de mano y 23 en la maleta facturada, y para mí ya pesaban endiabladamente mucho. Facturo. Resultan ser 5 y 14kg respectivamente. Nota mental: ir al gimnasio algún día, estoy muy flojucho. Me dirijo hasta la punta más lejana de la terminal, paso sin problema el control policial. No puedo evitar sonreír como un bobo pensando: cómete esa, cop! esta vez no me has dicho que parezca una chica!!!! No quepo en júbilo, pero sólo exteriorizo un poco, hay que mantener las formas. Con una sonrisa tonta paso el control y me encamino a la puerta de embarque A. 

Aún son las 3 de la tarde, facturo a las 4 y media. Todo bien. Espero en la puerta a que den la orden de embarque. Suerte llevar conmigo el libro electrónico, porque esperando empiezo a notar la barba crecer por mi rostro recién afeitado. 4 horas después, con la gente ya desesperada, y yo encantado de seguir leyendo más y más de mi gran héroe Ken Follet, dan la orden y planto mi trasero al lado de la ventanilla derecha de un Airbus nosequénúmero que se empeñan en repetir las azafatas. Para mi decepción, no hacen el numerito del baile-ritual de la azafata, el avión es muy moderno y hay una televisión incrustada en cada asiento, así que mecanizan el proceso. También cuentas con un mando de entretenimiento personal que te permite disfrutar de 8 películas diferentes, canales de música variados, y alguna cosa más que no me molesto en mirar. El avión despega...

A mi lado un tipo bastante seco, no hay problema. Tengo 8 películas y 8 libros, ¿quién necesita un humano para relacionarse? 8 horas, 8 películas, 8 libros, 8 canales de música. Estoy en el paraíso. No me levanto en las 8 horas y 35 minutos de duración, hasta leer unas 400 páginas más de mi libro, y verme "Way Back". Tras apenarme tras la muerte de Irina pero alegrarme por el triunfo frente a lo imposible, descanso un poco antes de ponerme manos a la obra con mi siguiente entretenimiento. "Bruc", que también decido ver en inglés aunque en este caso no sea su lengua original. Decido transgredir mi mandamiento de las películas para poder ir afinando oído. Entre tanto nos sirven la comida, unos macarrones a la bolognesa, algo escasos en cantidad, pero muy buenos. Una rebanada de pan que aprovecho para comerme la mantequilla. Una ensalada pequeña con mahonesa y un trozo de pastel. Está todo muy bueno, lo disfruto bastante. Casi sin enterarme pasan 7 horas y nos sirven la cena. A mi derecha sólo veo el ala del avión, y el ocaso eterno. 

Salí de Madrid cuando empezaba a anochecer. 7 horas después sigue anocheciendo. No adelantamos al sol, pero casi. Eso me hace preguntarme cómo habrá quedado la carrera de fórmula 1, Alonso salía 5º y le perdí el rumbo en el autobús. La cena también está bien: un trozo de pizza bastante pasable. Suficiente. Entre unas cosas y otras tomo café y té en cantidades industriales. Temo llegar a Nueva York en mitad de la oscuridad y ser enviolinado en el metro si me quedo dormido, así que una buena ración de cafeina me parece apropiada. Entonces mi corazón me salta de ilusión cuando veo luces. El avión empieza a perder altura. Estoy en América. Las luces se hacen más frecuentes, y finalmente se vuelven una maraña interminable de luz a mi alrededor. Todo son casas, carreteras, coches, autopistas, más casas. Unos 20 minutos más tarde nos aproximamos al JFK, ubicado en el distrito de Queens, NY. Las luces se vuelven casi cegadoras en una ciudad que nunca duerme, dicen. Me parece que es cierto. El avión toma suavemente tierra. No dejo de notar que la primera vez las emociones de despegar y aterrizar se me hacían como la mejor de las montañas rusas, ahora me resulta casi trivial. Desecho ese triste pensamiento, y pongo un pie por primera vez en mi vida en los Estados Unidos de América.

La emoción me embarga por completo. Tras pasar por un control en la aduana, con el corazón en un puño, y el pasaporte en el otro, me toman las 10 huellas digitales, y una fotografía. Ni una pregunta, y paso el control. Me encuentro a mí mismo buscando mi maleta, que sale de las últimas, y salgo a una sala de recepción de pasajeros donde hay gente con carteles del estilo: "Familia X". Nadie me espera. Cojonudo, soy libre. Decido ir al baño por si tengo la necesidad más adelante y no unos servicios cerca. No me apetece, sólo hace 12 horas de la última vez que he ido, pero me obligo. Los servicios en los Estados Unidos son algo diferentes, y se dispensa agua de forma automática. A mi lado está meando un tipo que debe haberse comido a un tipo que se haya comido a un tipo gordo. Busco en el aeropuerto el AirTrain, el tren que debería llevarme a una zona conectada con Manhattan por el servicio habitual de metro. Lo encuentro, pero ya ha cerrado. Es el problema de llegar con 2 horas de retraso. Mientras maldigo en mi suerte, pienso en la posibilidad del taxi, y cuando los taxistas se me insinúan ofreciendome sus servicios, veo los que son mi salvación. 

Una pareja de mi edad, españoles, que también van a Midtown, Manhattan. Eso lo sé tras preguntarles, claro. Encantados de tener un tercer acompañante, cogemos un taxi entre los 3, la tarifa es fija, 45 dólares para la primera parada en Manhattan, 5.30 por entrar al centro (motivo por el que sólo se ven taxis amarillos en la gran manzana), y tarifa habitual de taxi a partir de ese punto. Muy agradables los dos españoles, Juanlu y Soraya. Son de Almería, y nos contamos un poco cómo ha ido el avión. Los volveré a ver a la vuelta, tienen el mismo vuelo también. Vamos a diferentes escuelas, pero espero encontrarlos de nuevo en algún momento. Espero que les vaya muy bien, ella estudiaba derecho, él había dejado la Ingeniería Informática porque no pudo con ella y se pasó a ADE. Tras unos 45 minutos, el taxi llega a Manhattan, me alegro enormemente de haberlo tomado, pago con gusto 20 dólares y me bajo, maleta en mano, en la esquina de la 3rd Av. con la East 47th Street. Es de noche, pero la ciudad parece realmente muy viva.

Veo los primeros rascacielos, ¡qué emoción! Además, uno está justo delante del edificio que no tardo ni 2 minutos en encontrar. El número 224. Residencia Vanderbilt. Entro y pregunto a un hombre negro enorme en recepción. El suelo del hall está lleno de gente, y me sorprende ver que muchos están hablando en español. Les pregunto y me dicen que vamos la mayoría a la misma escuela, que ya nos conoceríamos. Muchos llevan ya 1 o 2 semanas. Me toman el pasaporte, veo mi nombre apuntado en una lista, el último. Lo marco, y me da la tarjeta-llave. 901. Ese será mi hogar las próximas 3 semanas. Voy al ascensor, subo 9 plantas, y caigo rendido en la cama.

Me obligo a no dormir en piratas, deshago la maleta, y entonces me percato en que la habitación está francamente bien. Tiene una mini-nevera, y esta vez no he tenido que pasearla en la casita de los gitanos por toda Francia. Un armario adecuado a la cantidad de cosas que he traído, estupendo. Detesto cuando me falta espacio, pero también cuando me sobra. En la habitación hace algo de calor pegajoso, Nueva York es una ciudad cálida, parece. Tengo aire acondicionado personal, además me sorprende que es una única máquina, encajada en la ventana. Hasta la cortina de media ventana es más corta para adaptarse a ello. Tengo televisión, que inmediatamente pruebo. Me pongo el pijama, y me voy a la cama. Me doy cuenta en ese momento que un papel me espera debajo. Un mapa de la ciudad, con una línea trazada sobre Google Maps que indica la dirección de la residencia a la escuela a la que tendré que ir la mañana siguiente. Además, me indican que me esperarán a las 8.15 en la recepción mañana para ir. Me tumbo, pongo la alarma a las 7.00 y me quedo dormido enseguida. Ahí termina mi primer día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario